Desde que tengo Facebook me he olvidado de blogger, es triste, siento una de esas responsabilidades, como el pantalón que ya no quieres usar, pero te niegas a tirar por qué recuerdas todo lo que pasaron juntos, ya sabes, de esos encariñamientos pendejos que no van con el modelo neoliberal de "lo que no sirve, a la verga".
Por lo pronto, les cuento un cuento de esos que, por la falta de privacidad, no puedo contar en Facebook, ya sabes, cochinadas nomás de compas. Este fue mi sueño de día de muertos (neta).
Destaca que todo fue extraordinariamente vívido, definitivamente creo que el ajo que me comí el viernes influyó.
Estaba en mi casa, una casa de esas de los sueños que no es tu casa, pero tú crees que sí es, cuando una voz empezó a sonar en mi cabeza y me anunciaba que se iban a morir mis dos abuelos (maternos, los paternos están muertos y ni los conocí) y además mi suegra (raramente, la quiero mucho).
Yo me saqué de onda y no comprendí qué pasaba, por lo que decidí sintonizar la televisión justo en el momento en el que mi mamá se sentaba para acompañarme en el sofá. Estaban las noticias, recuerdo incluso que era el canal 9 y daban un reporte en vivo, acababan de atropellar a mi abuela y estaba agonizando. Yo volvía a oír esas voces en mi cabeza, riéndose.
En ese momento, cuando mi abuela estaba en el piso golpeada por el atropello, un camión le pasó la llanta por en medio de su cuerpo, de la cabeza a la ingle y por la presión le explotaron manos y pies.
Mi mamá y yo nos impactamos, (reitero, el sueño era extraordinariamente vívido) y reconocí que era precisamente la esquina de mi casa. Fuimos corriendo y la encontramos muerta con todos los paramédicos al rededor, cuando dijeron que estaba muerta pero harían un último intento por revivirla: trajeron una especie de tina de plástico azul, del tamaño de un cuerpo humano y con más o menos un metro de profundidad.
Contenía un líquido que según lo que entendí, determinaría si podían revivirla en ese momento o de plano había muerto. Al echarla dentro, pasó algo horrible, su cuerpo empezó a engurruñarse como una ciruela que se convierte en pasa, su piel y su pelo se tornaron de inmediato completamente blancos, pero se le marcaron negras las ojeras y la boca, en especial las encías, a la vez que por el mismo estiramiento abrió los ojos para luego no moverse. Se había comprobado que estaba muerta.
Recordé las voces que habían anunciado eso y de inmediato le dije a mi mamá que fuéramos a ver a mi abuelo, para ver como estaba. Partimos.
Mi abuelo vivía (en el sueño) en una casa que no existe y sin embargo recuerdo como si existiera, he estado ahí varias veces, es una casa de adobe, con un terreno bastante amplio, al frente hay como un patio frontal pero sin ninguna yerba ni árbol ni nada. La casa está podría decirse en medio del terreno, a los cuatro lados había espacio y este terreno delimitado por una humilde alambrada corroída.
La casa no tiene pintura alguna, es color abobe, vieja, como abandonada. No hay árboles, ni enseres de ninguna clase, la calle es de terracería y al rededor no hay absolutamente nada, ni vecinos ni nada, una finca de adobe en medio de la nada.
Al frente tiene un cuarto a especie de sala, con un sillón viejo, una pequeña mesa y un trastero. Hay además otros cuartos, uno es la recámara y los otros parecen estar vacíos, no hay nada eléctrico ni nada. Ah, olvidaba mencionarlo, mi abuelo estaba muerto en el piso, se había colgado y luego había caído al suelo tras romperse la cuerda, sólo faltaba mi suegra.
Empecé a caminar por una vía como las de los ranchos, oscura como boca de lobo, apenas podía saber donde pisaba, más por atinarle que por ver. No había nada más que un camino vacío y al lado había una especie de hilera de árboles medio secos, parecía que fuera una noche de otoño.
De pronto iba acompañado por varias personas, en el sueño yo las conocía, pero despierto no, de esas personas que sólo conoces de los sueños. Íbamos caminando y empezamos a escuchar ruidos entre la hierba de los lados de los caminos, como no veíamos nada, no sabíamos que era, pero una especie de instinto me hizo evocar a indios que vivieron ahí hace mucho tiempo y que de su pueblo, su raza y su gloria, nada se sabe.
Por fin llegamos a una finca, estaba completamente oscura, un cuartucho de adobe en medio de la nada, en medio de la interminable noche, también rodeada por una cerca de alambre. Empezamos a rodear la cerca para buscar una entrada, en esta casa si noté que había nopales y matorrales, varas espinosas y arbustos secos. De pronto, un hombre sentado junto a una fogata en la que apenas ardían tenues carbones nos habló.
Se dirigió en concreto a mí y me dijo que eso que nos acechaba eran coyotes, que merodeaban en la noche, lo que me había avisado los desastres para luego causarlos, era un par de espíritus o demonios que habitaban en un jarrón que estaba en un estante de la casa. Luego el hombre me explicó cuál era el camino que debía tomar para salir de esa parte oscura y volver a mi casa junto con las otras personas. Todos permanecíamos fuera de la cerca y él dentro sentado en el armazón de lo que fue una silla, junto a los carbones prendidos, cuando de pronto me pasó como quien anda de noche hasta que sus ojos se acostumbran a la oscuridad. A pesar de que seguía igual de oscuro, pude ver con suficiente claridad para reconocer que el hombre que me hablaba desde el otro lado de la cerca era mi padre, quien (en la vida real) murió hace varios años.
En el sueño yo era consciente de que mi padre estaba muerto, pero me sorprendió aún más que desde hace 4 años que se murió mi padre, jamás había lo había soñado tan claro, sus rasgos, su voz, su pelo, todo, el era el hombre sentado ahí, mi padre que tenía años muerto.
Después de eso, emprendí mi camino a casa, no recuerdo si me despedí, creo que no lo hice, apenas me dijo como salir de ahí me marché y en el sueño tenía suficiente conciencia como para saber que todo eso estaba muuuuuy raro. De hecho tenía tanta conciencia como si estuviera despierto.
De inmediato llegué a casa y busqué el jarrón, era blanco con dibujos azules como de talavera, una especie de cerámica poblana. Lo encontré donde mi padre me dijo y lo saqué, me deshice de él. Lo quebré para no saber nada más.
Pasaron unos días en el sueño y empecé a oír de nuevo las voces, esta vez mucho más fuertes, sólo faltaba mi suegra. Fui al lugar donde había hallado el jarrón, en la sala, junto a libros y floreros y este no estaba, pero en su lugar había una calavera de piedra, tenía más o menos dos y media veces el tamaño de un cráneo normal, era de una especie de roca volcánica oscura, con trozos de cuarzo, no añadidos, eran parte de la misma roca. Estaba tallada burdamente y de pronto vi que en las cuencas de los ojos, que debían estar vacías, aparecían dos ojos muy brillantes, de un lado verde y del otro azul.
De pronto me fijé que la calavera estaba quebrada, pero adentro era muy oscura. Tomé valor y me asomé por sus ojos. Dentro, había una oscuridad más oscura que la oscuridad, una especie de oscuridad activa, no como la oscuridad pasiva que es simplemente ausencia de luz, esta era una oscuridad que rivalizaba con la luz, una oscuridad que podía ensombrecer.
Al fondo, como si la bóveda craneal fuera muy, muy profunda, había dos seres. Su cuerpo resplandecía como la luz negra, algo bastante extraño, era una oscuridad que brillaba de manera tenue, como la luz negra. Uno tenía los ojos verdes y el otro azules, esos ojos resplandecían mucho más que su cuerpo. Tenían el cabello encrespado, así como barbas largas y muy desaliñadas. Tenían un aspecto un tanto parecido al de duendes, no tenían los rasgos clásicos de un ser humano normal, sino apequeñados, pero ojos muy grandes y narices un tanto grandes también, las miradas perdidas pero a la vez clavadas en mí, como quien se distrae mirando fijamente hacia un punto.
Pude dejar de mirarlos y saber qué era eso lo que causaba los males. Supe que echarlos de la casa no serviría, así que tomé un crucifijo y lo acerqué sin resultados, pero al frotarlo, pude oír un ruido similar al que produce la carne cuando se pone en una plancha caliente y un chillido leve.
Coloqué la calavera en una vitrina y la rodee, de rosarios, agua bendita y crucifijos, así como todos los amuletos que tuve a la mano. La vitrina estaba completamente echa de vidrio y tenía dos grandes lámparas iluminándola. Escuché un sonido como el de una olla de vapor que suelta un montón de presión y esto generó un chillido espantoso, tan horrible que desperté.




